Recuperar un corazón roto

Tenemos que ser sabios acerca de quién creemos que somos y lo que necesitamos, o, de un modo u otro, lenta o rápidamente, nos autodestruiremos.

Desgraciadamente podemos encontrar muchos ejemplos, algunos dramáticos, del peligro que tiene ser inteligentes pero no sabios... 

Hace unos años, un conocido, se pegó un tiro después de que su coche hubiera sido embargado. También acababa de salir de un divorcio conflictivo, pero ese día sus problemas económicos le llevaron a una situación límite. A pesar de ello, tenía muchos amigos cercanos que le apreciaban y le admiraban, personas que realmente se conmocionaron y sintieron abatidas ante ese sorprendente suicidio.
Debió de haberse formado una imagen terrible de sí mismo si se odiaba lo suficiente como para “volarse de un tiro” la cabeza. La mente exageró la decepción de no cumplir sus deseos, viéndolos como la cosa más importante en el mundo, y contribuyendo a esa triste e innecesaria tragedia. 

Esa distorsión de nosotros mismos la crea la mente que exagera nuestra propia importancia y que actúa de forma perversa creándonos todo tipo de problemas e incluso haciendo que nos sea difícil aceptarnos tal y como somos, creer en nuestro potencial, sentir confianza a la hora de enfrentarnos a los problemas... Por ejemplo, en el momento en el que se produjo ese suceso tan triste, desde luego no estaban actuando el amor o la sabiduría, fueron la ignorancia, el apego, la desesperación, el desánimo... los que le hicieron crear y creer la ficción mental de quién era, es decir, un fracaso, alguien cuya vida no era ni digna de ser vivida. Sin embargo, todos sus amigos sabían que él era un hombre simpático y encantador que tenía todo para vivir, que podría haber sido incluso un bodhisatva, un amigo del mundo, si se hubiese hecho esa idea en lugar de la que se hizo aquel día trágico. Había una lección en esto para todos los que le conocieron, y para nosotros si reflexionamos con una mente abierta, aguda, valiente y profunda. 


Cuando surgen sentimientos de dolor no es inteligente negarlos o pretender taparlos con todo tipo de distracciones –aquello a lo que te resistes persiste–  sino verlos en nuestra mente como un mal momento que pasará, observándolos sin reprimirlos. Además podemos pensar: a) mis pensamientos no tienen que ser tan aterradores, son como burbujas que surgen de la mente raíz, no me matarán si no les doy crédito y desaparecerán si dejo de pensar en ellos, y b) esos sentimientos y pensamientos son vacíos – incluso más allá de ellos hay sabiduría y paz si me permito experimentarlo–. 


Un vez, la madre de una amiga, 
una mujer con los pies en la tierra, cuando estaba sufriendo por un "apegazo" debido a un amor no correspondido, le dijo que eso era igual que dejar de fumar – que los deseos cambian, vienen y van. Estos ejemplos nos puede hacer pensar acerca de cómo relacionarnos con nosotros mismos de tal manera que seamos capaces de abandonar el apego y todas las formas de dependencia y la tristeza profunda en la al final que nos hacen caer. 

Cuando intentamos dejar de fumar, o cualquier otro mal hábito, es mejor que nos identifiquemos con un no fumador que de vez en cuando tiene antojos fáciles de superar que con un fumador que de forma artificial tiene que dejar algo que es parte de él y le lleva a decidir entre un estado de necesidad y pérdida. Nadie vive así mucho tiempo, debatiéndose entre la necesidad y la pérdida, enseguida caeremos al lado del apego. Pero en el mundo invisible de nuestra mente 
infinita y creativa, que cambia momento a momento, si pensamos sabiamente, podemos ver que no necesitamos nada de ese modo, con esa ansiedad.

Podemos pensar que somos un fumador, dependiendo de tabaco para ser feliz. O podemos pensar que somos un no fumador. Cuando el deseo surge, es simplemente un hábito en el que caemos, y como no somos un fumador, lo natural es no buscar el tabaco y ver ese hábito solo como una nube temporal en el vasto espacio del cielo. Como dice Gueshe Kelsang en Tesoro de contemplación: "No deberíamos permitir que nuestros hábitos dominen nuestro comportamiento o actuar como si fuéramos sonámbulos." 


Cuando tenemos apego a alguien, a menudo nos creamos esta ficción mental: “dependo de esta persona para ser feliz. La necesito. Me siento débil sin ella." Si veo que no le causo interés, me comporto como un torpe idiota que intenta atraer su atención. Tengo un sentimiento de pérdida cuando no está en mi vida o me rechaza. La echo de menos. El futuro es vacío sin ella. Sólo ella me entiende de verdad. Si me abandona me dejará en un estado de carencia, me dejará incompleto, ansiando algo que no tendré nunca más, etc etc.


Si nos fijamos, esto no provoca una imagen agradable de nosotros mismos ni da lugar a un sentimiento genuino de alegría, sólo un alivio en las ocasiones que nos llaman y dicen, “Todo está bien, te quiero, cásate conmigo, sigo aquí, no me he muerto”, etc. Hasta que el alivio pasa, algo que tiene que ocurrir de modo natural. A ese alivio se le llama sufrimiento del cambio, sólo una liberación temporal, o distracción, de una necesidad o deseo subyacente, como rascarnos cuando algo nos pica. Además, nos agarramos con fuerza a la supuesta fuente de nuestra integridad, que se percibe como algo que está fuera y no dentro, y es como agarrarse a una cuerda quemada que inevitablemente acabará deslizándose entre nuestras manos debido a la impermanencia.


En la introducción al nuevo libro Cómo comprender la mente, Gueshe Kelsang nos ofrece una alternativa a esta manera autodestructiva de actuar, explicada de forma profunda, sencilla y magistral:

"Si controlamos el deseo, podremos sentirnos felices en todo momento. Esto es así porque el deseo incontrolado es el origen de todos los sufrimientos y problemas. Tenemos un fuerte apego a satisfacer nuestros deseos y debido al deseo incontrolado, los seres humanos creamos numerosos problemas y situaciones de peligro en el mundo." Aprendiendo a comprender nuestra mente con sabiduría podemos identificar cada vez con más claridad los estados mentales que nos perjudican. Aprendiendo a mejorar nuestra concentración, cada vez tendremos más poder para abandonarlos y reemplazarlos por otros más beneficiosos y apacibles. De este modo, podemos llegar a convertirnos en una persona cada vez más elevada hasta alcanzar finalmente el estado más elevado de todos, el de un ser iluminado. 

Es importante comprender hacia dónde nos llevan nuestros deseos, y asegurarnos que son acordes con nuestro deseo más profundo y antiguo, el deseo de ser felices en todo momento. Y mejorar nuestra concentración para poder tomar el control de nuestra mente. Esto nos hará disfrutar de verdadera libertad y nos hará realmente sabios. 


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